Otumba viene del náhuatl Otompan, "lugar de otomíes". El nombre recuerda al pueblo otomí (hñähñu), que vivió aquí antes de que la ciudad se volviera cabecera del señorío de Texcoco. Su glifo, una cabeza de hombre otomí con la cara pintada, aparece en el Códice Mendoza, un manuscrito del siglo XVI que hoy está en Oxford.
Otompan junta dos partes: otomitl, otomí, y -pan, que en náhuatl indica lugar: "en" o "sobre". Así, "lugar de otomíes". Con el tiempo, en boca de los españoles, Otompan se volvió Otumba. El apellido vino mucho después: "Gómez Farías" honra a Valentín Gómez Farías.
Hay un detalle que vale la pena notar: el nombre está en náhuatl, no en hñähñu. Es como los nahuas llamaban a este lugar, por la gente que lo habitaba. Cómo lo nombraban los propios otomíes no lo encontramos documentado.
Según el cronista Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, hacia 1395 Techotlalatzin, señor de Texcoco, asentó en Otompan a otomíes que huían de Xaltocan, conquistada por los tepanecas de Azcapotzalco.
Desde entonces Otompan creció bajo la autoridad de Texcoco, en el Acolhuacan, el territorio de los acolhuas. Después de 1428, con la Triple Alianza de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, funcionó como una unidad con cierta autonomía: centro de gobierno y de cobro de tributo. Tenía como pueblos sujetos a Oxtotipac, Ahuatepec, Axapusco y otros.
La arqueología confirma que no era un pueblo menor. Cynthia Otis Charlton y Thomas Charlton, que excavaron aquí desde 1963, calculan que la ciudad ocupaba unas 220 hectáreas, con un recinto sagrado entre dos barrancas, barrios de élite y de gente común. También encontraron talleres donde se hacían figurillas y cerámica.
El registro más conocido está en el Códice Mendoza, pintado en la Ciudad de México hacia 1541 y resguardado en la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford. En el folio 3 verso aparece el glifo de Otompan, con la glosa "otunpa".
En el Códice Mendoza, el glifo de Otompan se arma con una cabeza de hombre que mira hacia la izquierda. Fíjate en:
La cara amarilla con líneas rojas: dos horizontales y una vertical que se cruzan a la altura del ojo y la mejilla. Pueden ser pintura facial o tatuaje; forman una especie de rejilla roja sobre amarillo.
El pelo largo. El peinado distinguía a los otomíes. Fray Bernardino de Sahagún describió que de muchachos se rapaban dejando un mechón en la nuca, al que llamaban piochtli.
La orejera, de piedra verde o turquesa según la descripción que consultes.
La pintura facial y el peinado eran marcas de identidad: así distinguían los tlacuilos, los pintores de códices, a un otomí de un nahua. Otumba usa hoy como glifo oficial a un personaje otomí sobre el signo de lugar, junto con un escudo de estilo español.
Las crónicas nahuas y españolas no siempre hablaron bien de los otomíes; Motolinía, por ejemplo, los presentó como gente "bárbara". El glifo de Otompan también carga esa mirada ajena. Por eso lo contamos con cuidado: no es un adorno ni un logotipo "estilo indígena". Es la forma en que se escribió el nombre de un pueblo que sigue existiendo y que hoy habla su lengua, el hñähñu.
Si usas el glifo, úsalo completo y con su fuente, sin redibujarlo, caricaturizarlo ni cambiarle colores.
Cada vez que alguien dice "Otumba" está diciendo, sin saberlo, "lugar de otomíes". El nombre guarda una historia más vieja que la batalla, el convento y la feria: la de un pueblo que se asentó aquí, se volvió cabecera del Acolhuacan y dejó su cara pintada en el Códice Mendoza.
Para seguir con la historia del pueblo, vuelve a Conoce Otumba. Si tienes una fuente o un documento sobre Otompan que podamos consultar, escríbenos.
Fuentes: INAFED, Enciclopedia de los Municipios; Cynthia L. Otis Charlton y Thomas H. Charlton, Arqueología Mexicana; Visual Lexicon of Aztec Hieroglyphs y Nahua Glyphs (Universidad de Oregon); Biblioteca Bodleiana (Códice Mendoza); Wikipedia, "Otompan".